Hace poco tiempo descubrí que hay palabras en castellano que no se pueden escribir. Es el caso del imperativo de salir. Para decir quiero que salgas al encuentro de fulanito no puedo escribir salle al encuentro porque se leería [sá.ye], pero sí que puedo pronunciar [sál.le].

El mismo problema tenemos en el andaluz. Nosotros decimos [dál.le] ¿Por qué? No lo sé, pero se dice ar favó y dal.le a la lu, que no se ve na, hal.lo por mi. Y no se puede escribir.

Este gusto por hacer doble una consonante no es un caso aislado. Mi amiga de Benacazón siempre dice el lotro día y en mi pueblo es común saltarse el semmáforo, lo juro. Afortunadamente los últimos no causan un conflicto de escritura.

Siendo un asunto polémico me enorgullece escribir que el andaluz tiene algunas soluciones:

La primera es hacer de una de las eles, una erre. Como hacemos en me duele lahparda o en me gusta el cardo de pollo. Escrito quedaría sarle al encuentro a fulanito. Sencillo.

La segunda, menos común, es modificar el imperativo original, el que no tiene pronombre. Tal y como hacemos en díceselo, cuya traducción al castellano sería díselo. Aquí hemos cambiado di por dice y luego hemos añadido los pronombres: dice-se-lo en lugar de di-se-lo. Si elegimos esta opción, cambiando sal por sale nos quedaría sale-le en lugar de sal-le: sálele al encuentro a fulanito. De una lógica aplastante.

En fin, que el andaluz es sabio aunque no podamos escribirlo.

 

Marina Julia Martínez García del Moral

       
 

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Cubicando…

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